Por Rafael Peña Soler
EFE Reportajes
La desesperación y las ganas de alcanzar el sueño europeo empujan a muchos inmigrantes a jugarse la vida para llegar a la península. Ceuta es sólo un lugar de paso hacia "el nuevo mundo", pero se convierte en lo que ellos denominan "una cárcel sin rejas".
La estancia en Ceuta, a la espera de resolver su situación irregular, empuja a los inmigrantes a idear fórmulas para salir cuanto antes de esta ciudad. Ahora, arriesgan su vida ocultos en contenedores de basuras para cruzar el Estrecho de Gibraltar y poder pisar la otra orilla. Algunos no lo cuentan y otros, al ser descubiertos, son rechazados. Es una historia casi diaria.
VIAJE A CADIZ ENTRE RESIDUOS URBANOS
Son las ocho de la mañana de un sábado en el Monte Hacho de Ceuta, todavía de noche, aunque con el sol asomando ya por un costado del Estrecho. En las inmediaciones de la Planta de Transferencia de Residuos Sólidos Urbanos se agolpan muchos inmigrantes subsaharianos escondidos en las zonas boscosas, ocultos entre la maleza para no ser descubiertos por las patrullas de la Guardia Civil que desde principios de año han incrementado la presencia en la zona.
En esta mañana un poco fría, dos inmigrantes nos permiten estar a su lado. Les da igual, sólo quieren llegar a uno de los contenedores de basura que diariamente se transportan desde Ceuta hasta Cádiz para ser debidamente tratados los residuos sólidos urbanos, puesto que la ciudad ceutí carece de un lugar adecuado para deshacerse de la basura.
Por este motivo, cada día, varios camiones con contenedores salen de Ceuta hacia el puerto de Algeciras (Cádiz), y de ahí a su destino, a una planta de tratamiento de Cádiz donde son destruidos.
Los inmigrantes han encontrado en estos camiones un lugar para esconderse y pasar inadvertidos en los controles que, unos cuatro kilómetros más adelante -en el puerto de Ceuta-, realizan los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.
Sin embargo, se trata de un peligro evidente: pueden morir aplastados por la basura, asfixiados por los malos olores o bien triturados cuando se van a compactar los residuos. Cualquiera de las tres hipótesis no asustan a los dos inmigrantes que están hoy en el monte.
Se trata de Ibrahima Niang, de 21 años, de la República de Senegal, y Michel Nana, de 20 años, natural de Camerún. Los dos entraron hace unos tres meses en Ceuta a bordo de una balsa playera que fue interceptada por la Guardia Civil antes de que naufragara, por lo que pudieron llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI).
INTENTO FRUSTRADO.
Ibrahima y Michel acababan de cumplir su primer sueño. Atravesar la frontera desde Marruecos a Ceuta pero ahora queda el segundo paso: cruzar el Estrecho ilegalmente.
Los dos jóvenes cumplen idénticos perfiles. Salieron de sus hogares hace unos tres años buscando un futuro mejor. Ibrahima es natural de la Región de Louga -al sur del país- y Michel procede de Kribi, ambos son musulmanes de religión y dicen que en sus respectivos países se dedicaban a la pesca, pero que allí no tenían "ningún futuro", nos cuenta Ibrahima.
Entre unas pequeñas risas y después de comerse cada uno de ellos un trozo de pan, ambos se despiden de nosotros para iniciar su aproximación a la planta, de la que distan unos cien metros. Su intento se frustra antes de alcanzar la valla que circunda la instalación cuando son vistos por una patrulla de la Guardia Civil.
Ibrahima y Michel salen corriendo, pero son finalmente interceptados e invitados a abandonar la zona. Son sólo las 8,30 horas de la mañana y su intento, al menos por hoy, ha terminado. "No pasa nada, mañana otra vez", nos dicen los dos mientras se alejan carretera abajo.
La historia de Ibrahima y Michel es similar a otros inmigrantes que esa misma mañana, en un número de seis, son rechazados por la Guardia Civil.
DELEGACIÓN DEL GOBIERNO.
El delegado del Gobierno, José Fernández Chacón, lo tiene claro: "más no se puede hacer, hemos intensificado los controles en la zona y vamos a seguir así", nos dice a EFE sobre este nuevo fenómeno migratorio.
José Fernández Chacón cuenta que se ha procedido a mantener controles de manera aleatoria en la zona de acceso a la planta y por los lugares donde se pueden introducir en estas dependencias.
La autoridad gubernativa dice que si el inmigrante no ha cometido infracción alguna no se le puede detener, tan sólo se le puede identificar o rechazar, como está ocurriendo.
La Guardia Civil dice que la mayoría de los intentos tienen un perfil común, al ser protagonizados por jóvenes inmigrantes que llevan poco tiempo en Ceuta -menos de seis meses- y que muchos intentan colarse una y otra vez, a pesar de ser descubiertos. "Hay días que rechazamos a más de quince", nos cuenta un integrante del instituto armado, que apunta a que la mayor parte de estas personas proceden de Camerún.
La Guardia Civil asegura que sus motivaciones para jugarse la vida de esta forma son el miedo a una repatriación a su país de origen, así como los meses y meses que pasan en Ceuta a la espera de saber si podrán ir a un centro de acogida para seguir su trayecto europeo o a un centro de internamiento para volver a su país.
"Los resultados positivos de otros inmigrantes que superan el embarque y llaman desde sus móviles confirmando que han llegado a la península también les alienta", dice el agente.
En grupos de entre tres y cinco, los subsaharianos intentan colarse entrando por la parte trasera de las instalaciones.
"NO TIENEN MIEDO A NADA"
El 28 de diciembre de 2010 un inmigrante, el camerunés Paul Nlende, perdía la vida al haberse escondido en un camión cuya carga volcó a la salida de la planta. Esta misma escena de vuelco de un camión se repitió a principios de marzo de 2011 pero los cuatro subsaharianos que iban en el camión saltaron a tiempo y no resultaron heridos.
Unos días después otros cuatro inmigrantes que estaban dentro de un contenedor estuvieron a punto de ser triturados, pero sus gritos fueron escuchados por los trabajadores de la planta que consiguieron sacarlos a tiempo.
Estos antecedentes "no valen de nada para ellos", nos narra un trabajador de la planta de transferencia. "La media es de entre ocho y diez intentos diarios de colarse en los camiones, no tienen miedo a nada", nos dice.
La empresa Urbaser, que gestiona la planta, se ha visto obligada a reforzar la seguridad, pero ni con más vigilantes pueden hacer frente a este problema de seguridad.
Mientras tanto, Ibrahima y Michel regresan al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) para comer. Mañana, seguro, lo volverán a intentar. Conocen lo que les ha pasado y lo que les puede pasar pero las ganas de salir de Ceuta son más fuertes que el temor a morir en el intento. La vida, a veces, produce estas historias. |