Imagen EFE/EPA/Ted S. Warren / POOL/Archivo

El relato en primera persona de una periodista que estuvo en el 11-S.

Por Ruth E. Hernández Beltrán, Agencia EFE

El rostro de terror e incertidumbre de una muchedumbre que huía sin rumbo, alejándose del sur de la isla de Manhattan, muchos a través de la Quinta Avenida, muchos descalzos y sin mirar atrás, me ha acompañado durante veinte años.

También la imagen de otros, que detuvieron su carrera y lloraban sin consuelo, desmoronados, impotentes, sentados frente a edificios, a un paso de la estación Grand Central.

El 11 de septiembre del 2001, un día soleado en que se celebraban primarias demócratas en Nueva York para elegir a su candidato a la alcaldía, una noticia paralizó la ciudad: un avión se había estrellado contra una de las icónicas Torres Gemelas de 110 pisos, en lo que al principio se creyó que había sido un accidente.

Y cuando aún la ciudad no se recuperaba del estupor, sus habitantes vieron horrorizados cómo otro avión chocó contra la torre sur. Entonces las dudas se despejaron: no se trataba de un accidente.

Temprano, esa mañana, recibí la llamada que me dejó paralizada. Miré la televisión y no podía creer lo que veía. Salí rápidamente del apartamento, pero mi tren fue detenido y desalojado en El Barrio, el reducto latino de Harlem.

En ese barrio, empleados y transeúntes escuchaban atentos las noticias de lo que sucedía en el Distrito Financiero, en el bajo Manhattan.

Yo iba tomando nota de todo, cuando de pronto escuché algo que me estremeció: “Se cayeron las torres, ­las dos!’, gritó un hombre. En ese momento me invadió esa desesperación que sentimos los periodistas por estar en el lugar donde todo estaba pasando.

Entre la sorpresa, sollozos, la confusión y el terror, los neoyorquinos vivimos también uno de los momentos de más angustia e impotencia cuando personas comenzaron a tirarse de los pisos altos para escapar del infierno en que se habían convertido las torres.

Mientras recorría las calles vi llanto y desesperación entre los que intentaban hacer una llamada desde un teléfono público, sin éxito.

Salí de El Barrio en uno de los autobuses que intentaban sacar al mayor número posible de gente de las calles.

Tras llegar a la oficina y mandar mi primer reporte, pensé: ¿dónde pueden haber llevado a las víctimas? Muy probablemente, al hospital Saint Vincent, cercano a las torres. Ya todas sus inmediaciones eran un hervidero de batas blancas, médicos y enfermeras con camillas recibiendo a las víctimas y familiares desesperados.

Ya en ese momento la policía había cerrado el acceso a la “zona cero’. De forma inexplicable, de entre los escombros salían algunos hombres, cansados y cubiertos de polvo.

Uno de los trabajos más desgarradores fue entrevistar a familiares que buscaban a sus seres queridos. Algunos forraron las calles con fotos y la palabra “missing’ (desaparecido) o “¿lo has visto?’. No hubo un día que no llorara con ellos, y también más tarde al llegar a mi casa. Era muy difícil no hacerlo.

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