Jorge Fuentelsaz

Nueva York, (EFE).- La lucha de los latinos indocumentados de Nueva York ha tomado plazas, ha alzado su voz frente a casas y oficinas de líderes políticos, ha marchado por las calles de toda la ciudad y, ahora, ha irrumpido con toda la fuerza de su arte reivindicativo en uno de los museos más icónicos de la ciudad, el MoMa.

La exposición «Nuevayorquinos», de la artista Djali Brown Cepeda y que acoge la sede PS1 del MoMa, se despliega en torno a la huelga de hambre de 23 días que organizaron el pasado marzo un grupo de migrantes indocumentados que exigía la creación de un fondo para los trabajadores excluidos de las ayudas económicas para mitigar la crisis de la pandemia.

«Quiero que la gente vea lo bello que es esta lucha y que entienda que los migrantes en Nueva York son una parte muy importante de la ciudad, quiero que entienda el por qué de esta situación, que lo que se ha dado a los trabajadores excluidos no fue por el gobierno, sino por su lucha, y que vea que es una población que desde hace mucho tiempo debería haber estado en todos los museos», asegura a Efe la curadora de la exposición Elena Ketelsen González.

El 9 de abril de este año, el estado de Nueva York aprobó la creación de un fondo de 2.100 millones para ayudar a estos empleados excluidos, algo considerado un hito para la lucha de los indocumentados.

VIDA Y LUCHA MIGRANTE

«Nuevayorquinos», que permanecerá expuesta durante tres meses, recoge carteles empleados durante la protesta, tres vídeos de tres momentos de la huelga, retratos de manifestantes y organizadores y una pequeña selección de libros de historia de Latinoamérica y el Caribe, como «una invitación a aprender más sobre esta lucha».

Y en medio de la sala, reina la presencia de una sala de estar que intenta reproducir los salones de los migrantes latinos que llegaron a Nueva York en los años 70 y 80 del siglo XX y en el que destaca un sofá de terciopelo oro viejo, la figura de un gato dorado o un antiguo teléfono analógico que ofrecen al visitante «un gesto cálido».

«Es una invitación a sentarse, a reflexionar sobre las personas y trabajadores exluidos y su impacto», dice Ketelsen antes de explicar que la idea de Brown-Cepeda, neoyorquina de origen Dominicano, es buscar un «espacio santuario» en la ciudad y «la salita de la abuela es un buen comienzo».

LOS CARTELES DE LA PROTESTA EN LOS MUROS DEL MOMA

La exposición, que como explica su curadora, está en continua evolución, al igual que la lucha migrante, recoge una decena de los carteles de las organizaciones activistas «Make the Road», «Street Vendor Proyect» y «New York Communities for Change».

Ketelsen destaca uno «icónico» con el lema «Mujeres luchando por vida y salud» en cuya elaboración participó, entre otros, el muralista de origen ecuatoriano Layqa Nuna Yawar, y en el que llama la atención una mujer con mascarilla golpeando una cacerola con una cuchara.

En otros se pueden leer mensajes como «Our labor saved Lives» (Nuestro trabajo salvó vidas), «Mi existir es resistir» o «¿Quién nos alimenta mientras nosotros os alimentamos?», este último en una clara referencia a que la mayoría de los trabajadores del sector de la restauración, así como los repartidores a domicilio, son indocumentados que perdieron el trabajo y no tuvieron acceso a ayudas.

EL ARTE DE LA PROTESTA

Sentada en el sofá que domina la sala, Ketelsen declara, con una energía contagiosa, que la idea surgió cuando vio un primer vídeo de una protesta de indocumentados, en el que le «cautivaron» las actuaciones de un mariachi, la utilización de danzas tradicionales o la «visualidad» de carteles y afiches.

Y es que para Ketelsen «arte y lucha social van de la mano, sobre todo, mirando la lucha social de nuestros países de Latinoamérica y el Caribe».

«Siempre hemos utilizado el arte para pedir lo que queremos, para demostrar qué es lo justo; y eso se ve a través de los carteles, se ve a través de la música, o a través de las cacerolas, del cacerolazo, que viene de una historia muy larga de lucha social en Latinoamérica», agrega.

Ahora toda esa lucha hasta hace no mucho silenciosa se ha abierto un hueco nada menos que un museo tan icónico como el Moma.

«Siento que en este momento es lo justo y que es el deber de un museo que abarca temas sociales y contemporáneos mostrar esta historia y celebrar a las personas que forman parte de la tela social de esta ciudad, porque los trabajadores indocumentados forman el 10 por ciento de la fuerza laboral en Nueva York», concluye. EFE

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