Por Xavier Reyes I Al Día en América

Todos los días, a las 4 am, sale de su dormitorio, dobla a la derecha y baja las gradas hasta su sitio favorito: el sótano o, como se lo llama con más familiaridad en Estados Unidos, el basement, donde lo recibe un estudio repleto de libros y discos. 

En el medio hay un escritorio y en el estante de al frente reposan varias versiones de la Biblia, de distintos años e idiomas. Detrás del sillón, arriba, hay muchas fotos y un cuadro de Lionel Messi. Si se observa con más detalle, hay recuerdos argentinos; si se escucha con atención, la música es argentina; si se mira más allá, hay mate… 

Es un sitio sagrado para Edgardo Mansilla, el pastor bautista que se retiró de la prédica por rebeldía y que, al dirigir por 28 años a Americana Community Center, se convirtió en una de las personalidades más relevantes del servicio a inmigrantes en Louisville, Kentucky.

Recuerda su paso por Americana Community Center con cariño, pero al hablar de ello se le notan sentimientos encontrados. Mientras cuenta su trayectoria comparte comentarios sobre su afición por el fútbol, sus convicciones políticas

¿Cómo comenzó tu historia con el trabajo social, con el que tanto te identificas?

Nací en Argentina, en 1953. Allí fui pastor bautista y trabajé en lo que llamamos villas-miseria. Empecé en el 82, en la villa donde nació Diego Maradona (entre las villas Diamante y Fiorito). Yo vivía del otro lado de la calle de la villa con quien era mi señora y mi hijo mayor. Éramos los tres en ese momento. Nosotros teníamos gas, agua, electricidad y baño. Todo lo necesario, digamos. Pero del otro lado de la calle no había nada, estaba el barro, no había electricidad, un pedazo de la casa era baño o cocina o dormitorio.

Eras privilegiado

Yo había estudiado Teología y vivía en el edificio de la Iglesia. Teníamos una casa pastoral, así que estaba ahí todo el día. Como siempre, la división de ricos y pobres. Los de clase media teníamos todo; los de la clase pobre no tenían nada. Una calle de distancia. Con la gente de la Iglesia y los vecinos creamos un centro comunitario que todavía está funcionando, se llama Casa de Amistad, donde ofrecíamos clases de prekinder, de cocina, de tejido, de costura, de plomería, de electricidad, así como servicios de medicina general, había una pediatra, un dentista, un trabajador social, un abogado… Cuando arrancamos, todo anduvo muy muy bien y, como consecuencia, la Convención Bautista Argentina me pidió que maneje todos los servicios sociales.

¿Cómo fue tu vinculación con la Iglesia Bautista?

Mi familia era Bautista. Mis padres no me impusieron la religión, pero me enseñaron el respeto por la Biblia, a orar, a tener compasión con respecto del otro, a hacer lo mejor que uno pueda. Mi padre tenía solo educación primaria y era lo que acá llamamos working class. No teníamos televisión, pero nuestros padres nos compraban libros desde niños. Leíamos biografías de artistas, de pintores. 

Visión social

Edgardo solía reunirse con otros adolescentes para practicar oratoria. “Sin saber cómo, aprendimos a hablar en público, a predicar, a ser maestros de ceremonia”. Entre los 14 y los 17 años, aprendió a desenvolverse en público y ya pensaba en hacerse pastor. Luego del colegio, entró a la Universidad de La Plata a estudiar Historia, pero un año después la abandonó y se fue a estudiar teología en el Seminario Internacional Teológico Bautista. Terminó su formación y se vinculó al servicio en Buenos Aires, en la misma zona donde estaba Francisco, que ahora es papa de la Iglesia Católica. “Algo importante de esa época es que yo había llegado a ser un líder nacional, era el secretario ejecutivo de la Juventud Bautista y viajaba por todo el país, y los militares estaban en el poder”

¿Viviste la dictadura militar y la enfrentaste?

Yo predicaba que lo que estaban haciendo estaba mal. Recuerdo que usaba mucho la canción Solo le pido a Dios, de León Gieco. La usaba hasta en mis sermones.

Había un componente político en tu prédica

Desde mi perspectiva uno no puede escaparse de la política, porque aunque no se quiera participar, el hecho de no participar ya es hacer política. Así que yo participaba, pero desde mi interpretación de lo que es el cristiano, que no es repetir la Biblia de memoria, sino un estilo de vida que sigue el ejemplo de Jesucristo. De nuevo, para mí ser cristiano es fe, obviamente, es la esperanza de vida eterna, pero al mismo tiempo es un compromiso con el aquí y ahora. Yo veo a la persona como un todo, es una totalidad.

Es abordarlo todo desde lo complejo

Como todo. Me pone mal que todo el mundo esté buscando la solución fácil, la que no es comprometedora, la de poner una bandita, una curita, y ya, resuelto el problema. La prevención no es parte de nada, no queremos ver cosas porque cerramos los ojos. Pero bueno, en ese tiempo político, yo sabía que los lunes, por ejemplo, tenía que ir a la comisaría local y declarar quién había asistido al servicio del domingo. Yo siempre fui, pero sin delatar a nadie. Aunque sí que recibí amenazas de muerte. Era un momento en que yo estaba totalmente cucú (loco); para esas reuniones en interior del país compraba dos o tres pasajes de micro y nunca sabía cuál tomar hasta el último momento.

Un poco de paranoia

No, no era paranoia. En más de una vez, vi al micro que supuestamente iba a tomar, parado al lado de la ruta con los militares rodeandolos. Toda esa época, cuando yo tenía entre 22 y 26 años, sabía que salía de mi casa, pero no si volvía. De alguna manera, me sigue afectando.

Cómo fue el paso de pastor bautista en Argentina a migrante en Estados Unidos?

Yo vine acá el 8 de agosto de 1990. Y antes, me peleé con todo el mundo porque quería quedarme. Me decía ¿para qué quiero la beca en otro país si después tengo que acomodar lo aprendido a las situaciones de Argentina?

¿Sabías inglés?

Algo, pero no mucho. Aunque sigo hablando como Tarzán, no es que hablo inglés fluido. Los que me dieron la plata (la beca) me dijeron “tienes que irte” y me dieron a elegir entre dos lugares: Fort Worth y Louisville. La diferencia estaba en que el título en Fort Worth era sólo para el mundo bautista y el título acá era reconocido por la Asociación de Trabajadores Sociales. Entonces, me vine.

La iglesia bautista en Louisville tenía una gran presencia

Era una entidad seria. Pero en el 95, el grupo teológico de derecha lo tomó y lo primero que hicieron fue cerrar la Escuela de Trabajo Social, porque decían que nosotros, los trabajadores sociales recién graduados, promovíamos la homosexualidad. Y, en realidad, no estábamos diciendo que la gente sea homosexual, sino simplemente respetando la decisión cada uno a su su propia identificación. Hay una diferencia bastante grande en eso. Para entonces, yo ya había terminado los estudios (de la beca). Me gradué en el 93.

Tiempos difíciles

Una vez que Edgardo terminó sus estudios de Trabajo Social y la nueva dirección de la iglesia tomaba otro rumbo, comenzó su vinculación con migrantes. En el 92, un amigo suyo le comentó que el gobierno de la ciudad necesitaba alguien que trabaje con personas de otros países. 

En el año 1992, una Navidad marcada por la nostalgia y los tiempos difíciles, el destino de Edgardo dio un giro inesperado. En Louisville, lejos de su Argentina natal, se encontraba en la práctica cuando un misionero estadounidense lo sorprendió con una invitación a cenar.

Este misionero, conocido de la Convención Bautista, compartió la cruda realidad: en esa ciudad no existían agencias que trabajaran con internacionales porque, según él, simplemente no había suficientes. Pero Edgardo se reveló como uno de esos pocos internacionales.

En un destello de oportunidad, el misionero le propuso realizar prácticas en la ciudad. La tarea parecía titánica: buscar a aquellos con apellidos distintos en las guías telefónicas, conectar con ellos y ayudar como intérprete.

En julio, con un escritorio, un teléfono y dos guías telefónicas blancas, comenzó su odisea. En septiembre, un grupo ecléctico de 20 líderes internacionales se autodenominó “No English speaking people”. Pronto, evolucionaron a “World Communities of Louisville”. Se reunieron con el alcalde y comenzaron un programa de televisión, “Conozca a su vecino”, donde compartían sus culturas y tradiciones en inglés, uniendo a la comunidad a través de las ondas.

A medida que el proyecto crecía, le llamaron desde Argentina para que vuelva como pastor. Pero Edgardo, dividido entre dos mundos, optó por quedarse. Aunque eso significaba romper con su contrato y desafiar las expectativas, estaba dispuesto a aplicar todo lo aprendido en sus estudios de trabajo social. Así, abrazó su nueva vida en Louisville, con la certeza de que su camino estaba destinado a cruzarse con personas de todas partes del mundo, uniendo culturas y construyendo puentes en tiempos difíciles.

¿Qué edad tenías para entonces?

40 años. Fue cuando sonó el teléfono y alguien de la ciudad me dijo si quería trabajar. Yo ni le pregunté cuánto pagaban y dije que sí. Ahí es cuando arranco con Americana. El primer día fue el 21 de mayo de 1993 y me acuerdo tanto, porque fue el día en que me gradué. Después de la ceremonia de graduación, me saqué la túnica que me dieron, me puse jeans y me fui a la oficina por primera vez.

¿Entonces ya había Americana?

Había algo llamado Activity Center y era básicamente dos veces por semana, con chicos que los llevaban a jugar a otras partes de la ciudad. Arranqué con clases de ayuda escolar, clases de inglés para los padres, de computación… Pero el tema de la inmigración es largo y una de las cosas más difíciles es la integración. ¿Cómo se da la fusión sin perder tu identidad? Si uno se derrite, ¿en qué molde ocurre?, ¿en el molde blanco?, ¿en el latinoamericano?, ¿en el afroamericano? Yo no tengo problema en aceptar que me tengo que integrar o que tengo que hablar inglés, pero no puedo aceptar que tenga que dejar de ser quien soy para vivir en esta en esta sociedad. Yo voy a seguir siendo argentino, escuchando tango, tomando mate. Hay cosas que he cambiado, pero la esencia soy soy yo.

Un arranque con otra perspectiva

Eh, anduvo bien, pero, por asuntos personales, salí en enero del 96. Me fui a trabajar a Arkansas a un centro latino. Sin embargo, a los seis meses me escapé y volví a Louisville. Trabajé un año y medio en Kentucky Refuge Ministries, como director de Asuntos Internos. Pero en el 98, me volvieron a invitar de lo que luego sería Americana para retomar el liderazgo. Habían tenido dos directores desde que yo me había ido y tuvieron que echar a los dos. Yo había dejado el centro con cerca de 100 chicos en la actividad de verano y cuando volví había cinco. Así que arranqué este segundo intento en el 98.

Leí que fuiste el fundador de Americana

La gente no tiene idea. Incluso me dieron un par de diplomas que dicen que yo estuve desde el año 90 como director. Bueno, son tres años más, gracias! jeje… En realidad, estuve de manera continua entre el 98 y el 2021. Fue un comienzo difícil.

¿Por qué?

Comenzamos en un lugar que está a dos cuadras al sur de donde ahora es Americana. Nos iba bien, pero era muy chico. Yo había visto otro sitio, pero nos salía un ojo de la cara. Un par de iglesias que cerraron nos ofrecieron sus edificios, pero estaban a seis o siete millas. De repente, por las voces de la tierra, me entero de que una escuela estaba en venta porque no tenía suficientes estudiantes. Fui a preguntar por el precio y la vendían en 550 mil dólares. Era el lugar ideal, pero no teníamos ni un centavo. El presupuesto anual era 80 mil dólares y solo había un full time, que era yo, y un part time. Eso era todo. Yo tenía un grant de 5 mil dólares. Llamé a la persona al contacto de la fundación y le rogué que me dejara usar los 5 mil como anticipo o enganche del edificio. Me costó como dos horas de hablar por teléfono. Después, la pregunta era ¿de dónde consigo el resto de plata? 

De la nada, Americana vio la luz

Edgardo recibió una sugerencia que cambiaría su vida y la de muchos otros. Un colega le aconsejó llamar a otra fundación, cuyo director tenía apellido latino.

Confiado, decidió probar suerte. Hizo la llamada y consiguió una cita para el día siguiente. En su camino, se detuvo a pensar: necesitaría al menos seis meses para cumplir con un objetivo, pero solo tenía tres.

Al llegar, se encontró con un hombre que desafiaba las expectativas. Edgardo le explicó la situación: la escuela estaba en venta y él creía que era una oportunidad única. El ejecutivo expresó su incredulidad, a lo que Edgardo respondió con una sonrisa, admitiendo que tal vez estaba un poco loco.

Al día siguiente, la llamada llegó. El presidente le dijo que proporcionaría los fondos necesarios, con la condición de que en tres semanas presente un plan completo. En esas tres semanas, Edgardo y su equipo se volvieron locos trabajando incansablemente.

Finalmente, el presidente de la Fundación movió fichas importantes. Llamó a otras fundaciones locales y coordinó un esfuerzo conjunto. Cada fundación contribuiría con su parte y el 17 de septiembre de 2002, Edgardo firmó el cheque más grande de su vida: 550.000 dólares para adquirir las instalaciones de lo que había sido una escuela.

Con renovaciones y la contratación de personal, el programa completo se trasladó al 5 de mayo del 2003. Ese cheque marcó el comienzo de una nueva era.

Entonces, en mayo del 2003, Americana ya inició las operaciones, al ciento por ciento

Se llama Americana Community Center. Hicimos un arreglo con JCPS para que ellos paguen a los maestros de GED y ESL, mientras que nosotros nos encargamos de los estudiantes y mantener el edificio. Más o menos, Americana atiende un promedio de 5 mil personas, abre a las 8 de la mañana y cierra las 9 de la noche, ofrece clases de inglés y programas de familias, de madres jóvenes, de capacitación, arte, salud mental… El presupuesto anual, cuando yo me fui, era de 1 ‘180.000 dólares.

¿Sentías que se acercaba tu retiro?

En el 2019, yo ya le había dicho al directorio que me iba, que era tiempo de que haya un cambio de guardia. Este es otro tipo de sociedad, con gente que venía de 107 o 108 países, no de siete como al principio. La diferencia de edad con el staff cada día se acrecentaba y me parecía que lo correcto era moverme al costado. Eso ya estaba decidido. Pero el Covid llegó en marzo de 2020 y pusimos todo en un “alto”. Me quedé y trabajamos muy fuerte. Cuando la ciudad volvió a ser normal, los chicos vinieron…

¿Cómo fue el momento de decir adiós a Americana?

No fue fácil, pero me ayuda el ser bastante racional. Tenía que pasar y pasó. Sabía que llegaría un momento en que iba a tener que dar las llaves a alguien más. Era lo mejor. Lo importante acá es que el centro tiene principios. Mientras la junta directiva escuche a los participantes, Americana va a estar bien. Cada programa que llevamos en Americana fue la consecuencia de lo que la gente nos pedía. Claro que no pudimos hacer todo, algunas cosas fueron irracionales, como tener un bar a las seis de la tarde. En el momento en que se deja de escuchar a los participantes, la institución solo se preocupa por la institución. Esa fue mi crítica a las iglesias cristianas, siendo pastor.

Muchos premios

Edgardo ha recibido un sinnúmero de premios y reconocimientos por su dedicación a la integración y diversidad. Su nombre, por ejemplo, adorna una calle de su ciudad adoptiva y consta en el Hall de la Fama de Kentucky de personajes que han luchado por los derechos humanos.

Mientras recorremos sus premios en su casa, Edgardo recuerda orgulloso momentos clave de su vida: desde Argentina hasta Estados Unidos, su vida como pastor, el Mosaico Award del 2010, las tazas de mate y libros.

Descubrimos que Edgardo no solo es un educador apasionado, sino también un devoto seguidor del fútbol, con Banfield como su equipo preferido. 

En su estudio, dice que admira al expresidente de Estados Unidos Jimmy Carter y, de pronto, nos lleva a su mundo musical, donde los tangos y el folklore resuenan con la esencia de su identidad argentina. Revela su debilidad por los Chalchaleros y otros artistas menos conocidos.

No oculta su admiración por Obama, a quien conoció en un evento en Louisville, ni el desagrado que le provoca Trump.

¿Conociste a Obama?

Me pusieron en la primera fila, cuando el presidente llegó saludando hasta mi le dije en castellano “Señor Presidente, muchas gracias por su servicio a este país”. Y él me respondió también en castellano perfecto, me preguntó qué hacía yo, cuál era mi nombre… Al otro día recibí una invitación para ir a la Casa Blanca firmada por Obama.

¿Y Trump?

El presidente Obama y el presidente Baiden son a lo más neoliberales, no son ni siquiera liberales. No van a cambiar el sistema, lo van a tratar de acomodar, pero Trump es distinto. Cuando lo escucho decir que el breast de la hija luce muy bien, porque se operó por su implante, ¿lo tiene que decir en la radio? ¿Puede decir que podría ir a cualquier camarín y tocar las partes genitales a las mujeres?, ¿puede reírse de la gente con discapacidades?, ¿puede intentar la destrucción del sistema democrático? Yo espero que nunca más sea elegido para nada.

Pero es el favorito de de las de las masas republicanas

Porque él representa a una parte de la sociedad de Estados Unidos que piensa que los blancos son mejores que cualquier otro.

En este punto, ¿qué queda de tu tiempo como pastor bautista?

Sigo siendo bautista hasta ahora, pero ya no soy pastor y soy rebelde. No soy parte, y nunca lo fui, de la Southern Baptist Convention. Te lo voy a explicar así: yo soy bautista argentino, las mujeres pueden ser ordenadas al ministerio sin ningún problema, la iglesia local es soberana para tomar decisiones. Son cosas que la Baptist Convention niega completamente; para ellos las mujeres no pueden ser pastores o ministras, eso es muy sectario.

Es difícil imaginar que en una misma iglesia haya un ala tan distinta de otra

Es lo mismo que en la Iglesia Católica. El Papa anterior era un alemán conservador hasta las orejas (Ratzinger) y, de repente, eligen por primera vez a un no europeo, que era latino con tradición italiana y que está completamente a la izquierda. Eso es lo que me pone mal. Estamos tan enfocados en la institución, que se olvida de la comunidad, de la gente.

¿Ahora plasmas tu visión social como profesor en la Universidad de Louisville?

Sí, pero estoy buscando algo más, porque al mismo tiempo que decidí irme de Americana, creo yo que puedo ser un buen soporte para alguien que está desarrollándose, puedo proveer experiencias que muy poca gente tiene y puedo conectarlo con gente que no necesariamente es muy fácil conectar.

¿Qué tal ser profesor?

Nunca pensé que iba a enseñar en una universidad en Estados Unidos. Yo tengo un acento terrible y hace 26 años que enseño en la universidad. Hasta tengo un diploma por excelencia de enseñanza. Mis clases son de Diversidad, Opresión, diversidad y social justicia, Políticas sociales y justicia, y Management de non profits, que es cómo ser director de una agencia sin fines de lucro. También enseño Sociología urbana en Simmons College.

¿Eres un profesor exigente?

Yo rompo los nervios. Si tengo que poner una F, la pongo, sin ningún problema. Pero cuando veo que un estudiante está yéndose para abajo, lo llamo aparte y nos encontramos a tomar un café o quedarnos después para ir a la biblioteca y ver qué está pasando. Con los jóvenes hay cosas buenas, son gente queriendo cambiar el mundo. Vos me preguntaste acerca de ser cristiano; para mí cristiano es alguien que hace todo lo que puede hacer para que la otra persona pueda llegar a ser lo mejor de lo que pueda ser.

Finalmente, ¿crees que hoy Louisville es mejor que cuando llegaste?

Sí, sí, sobre todo en relación con los internacionales. Antes no había nada. En el 93 había dos agencias para refugiados. Nada para inmigrantes. Americana cambió un montón de cosas.

By Xavier Reyes

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