Guillermo Sollano, nacido en Ciudad de México hace 54 años, se describe a sí mismo como “una persona muy común”, pero a la vez reconoce que convive con “la complejidad propia de un artista”, a quien se que requiere conocerlo para “entender”.
Vive en Louisville desde 1998 y, como la mayoría de inmigrantes, ha hecho de todo para sobrevivir e ir prosperando. Hoy es un reconocido fotógrafo, cuya trabajo ha sido destacado en el campo de la publicidad, aunque en su vocación artística también lo ha llevado combinar sus tiempos con lo social y comunitario.
En una entrevista concedida a Al Día en América en su casa, cuenta que desde pequeño fue considerado autista y que tuvo ciertas dificultades para adaptarse. Su “aislamiento”, sin embargo, no ha sido obstáculo para participar en festivales escolares y luego experimentar en la pintura o protagonizar obras de teatro, como las que tanto recuerda en Louisville.
Infancia de contrastes
Creció en una familia acomodada en la Ciudad de México, con un abuelo que fue diputado del PRI. Sin embargo, su padre, un hombre trabajador y muy severo, le inculcó el valor del esfuerzo. A los 14 años, Guillermo comenzó a trabajar en la distribuidora de verduras de su padre en la Central de Abastos, uno de los mercados más grandes del país.
A pesar de la posición familiar, su padre lo “puso siempre a vender en la calle”, forjando un carácter que le permitió vivir una vida con altos y bajos, alternando entre “descargar camiones” y a la vez asistir a “una de las mejores escuelas en México”. Esta dualidad de experiencias le enseñó a “lidiar las siempre las dos partes”. Su rica herencia familiar —con raíces italianas, españolas, francesas y mexicanas— le otorgó la habilidad suficiente para navegar ambas facetas de la vida.
El arte negado y el salto al vacío
La vena artística de Guillermo intentó manifestarse en la adolescencia, cuando cuenta que incluso se le presentó la oportunidad de actuar en telenovelas. Sin embargo, sus sueños fueron truncados por su padre y abuelo, quienes le negaron el permiso. Este “rompimiento” fue un golpe duro, pero no apagó su espíritu.
La relación con su padre fue siempre conflictiva, Tras una pelea a los 16 años, Guillermo tomó la drástica decisión de irse de casa y vivir en la Central de Abastos por 3 años. En este período de extrema adversidad, su instinto empresarial floreció: empezó su propio negocio comprando y revendiendo elotes, escalando desde “medio millar” hasta comprar “por camiones” y directamente a los productores en otros estados. Vender y relacionarse con la gente se volvió natural para él.
Sin embargo, una serie de malas decisiones financieras de su padre y las devaluaciones económicas de México en 1994 y 1998 llevaron a la familia a perder “prácticamente todo”. En ese contexto, su medio hermano le propuso ir a Estados Unidos, prometiéndole un puesto de gerente en Chicago.

La cruda realidad en Estados Unidos
Guillermo llegó a Chicago en octubre de 1998, sin saber a dónde iba y vestido elegantemente, siguiendo el consejo de su padre de siempre presentarse bien en negocios y viajes. Su llegada estuvo marcada por un tenso incidente con inmigración, donde se dio cuenta de que la persona que fue a recibir al aeropuerto tenía “papeles chuecos”.
La mayor revelación llegó poco después. No se quedaría en Chicago, sino que inmediatamente superado el incidente del aeropuerto lo llevaron a Kentucky. Lo peor: el familiar que lo iba a recibir no era un alto ejecutivo millonario, como se decía en la familia en México, sino lavaplatos en un restaurante en Louisville. “A veces, en nuestros países viven del mito de los que están afuera”, reflexiona en la entrevista.
Solo y sin recursos –había enviado sus ahorros a la madre de sus hijos en México–, Guillermo tuvo que buscar trabajo urgentemente. Terminó viviendo en un pequeño departamento de una habitación con ocho personas, durmiendo en un sofá cama para niños. A pesar de no saber de construcción, su primer trabajo fue de albañil.
Pero su capacidad innata para adaptarse y sobresalir lo llevó de lavaplatos a manager del restaurante en solo seis meses, incluso sin hablar inglés. “Siempre ha sido eso, ¿entiendes? O sea, siempre saltando, saltando, donde estoy siempre estoy así saltando”.
El reencuentro con la fotografía
La fotografía ha sido una constante en la vida de Guillermo desde su adolescencia. A los 14 años, encontró una cámara antigua en un clóset de su abuelo, un regalo que inició su vocación. La composición, dice, le vino natural desde muy chico, organizando sus juguetes con una jerarquía innata.
Años más tarde, ya en Estados Unidos, la llegada de Facebook le dio una plataforma para compartir sus fotos de manera orgánica y la gente comenzó a reconocerlo como “Guillermo fotógrafo”. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó en 2016-2017.
Tras un viaje a Cuba y Nueva York con su esposa, ella lo animó a usar una buena cámara en lugar del celular, “porque eres un buen fotógrafo y estás desperdiciándote en el celular”. En ese tiempo, una agencia de viajes se interesó en comprar sus fotos. Al investigar los derechos de uso, Guillermo tuvo una epifanía: “le dije a mi esposa: ‘ya sé a que me voy a dedicar, a la fotografía. A la fotografía comercial”.

Dejó su lucrativo trabajo en un despacho de abogados, donde llegó a ganar $150,000 al año, para dedicarse por completo a la fotografía, ganando solo $5,500 el primer año en ventas. Fue un salto al vacío, pero Guillermo lo asumió con la convicción de un triunfador. “Fue un golpe, pero no estaba dispuesto a dar marcha atrás”.
Su negocio de fotografía comercial fue creciendo exponencialmente y hoy tiene su propia marca con otros fotógrafos para el trabajo comercial (sirviendo a clientes como Papa John’s y firmas de abogados de Kentucky), mientras que su trabajo personal y artístico lo firma con su nombre.
Guillermo Sollano ha obtenido múltiples reconocimientos en los prestigiosos concursos internacionales de fotografía 35AWARDS. En la categoría de “Eventos Culturales”, su trabajo fue seleccionado entre las mejores fotografías, destacando entre más de 21,000 imágenes enviadas por fotógrafos de 138 países. Asimismo, en el concurso temático “Moda en la Calle”, se posicionó entre más de 17,500 fotos participantes. Además, en la 9ª edición del “International Photography Award”, una de sus fotografías avanzó a la segunda etapa de votación, en un certamen masivo que contó con la participación de más de 111,000 personas de 174 países.
Además de estos logros en competencias fotográficas, recibió un reconocimiento especial por parte del Instituto de Mexicanos y Mexicanas en el Exterior. Esta distinción le fue otorgada por su destacada participación en la 8va. Jornada de Artistas, un evento que tuvo lugar del 11 al 13 de junio de 2025 en la Ciudad de México, reafirmando así la calidad e impacto de su trabajo artístico a nivel institucional.
Otras facetas
Además de la fotografía, Guillermo es un apasionado del teatro. Cofundó “El Delirio Producción”, una compañía de teatro en español en Louisville, donde actuó y aprendió a dirigir, innovando al incluir subtítulos para atraer a audiencias americanas.
También es un coach, habiendo trabajado con 167 personas desde 2009, enseñando sus pilares de vida: “responsabilidad, autenticidad, contribución, liderazgo, compromiso”. Su filosofía es clara: “la vida no tiene ningún sentido más que el que tú le des. Y yo tengo bien claro el sentido que le quiero dar a mi vida”. Además, subraya la importancia de usar cada experiencia: “Todo lo que te pasa, si no lo usas como como una herramienta para hacer algo, no tiene sentido, no vale la pena”.
Actualmente, Guillermo equilibra su próspero negocio de fotografía con un trabajo a tiempo parcial en recursos humanos en Excel Services, donde su experiencia como migrante y su conocimiento de temas de inmigración son de gran valor. Siempre está activo y buscando el liderazgo.
La historia de Guillermo Sollano es una inspiración, la de un hombre que, a pesar de las adversidades y las limitaciones impuestas, ha forjado su propio camino, creando su propia realidad y un mundo de posibilidades a través del lente de su cámara y la fuerza inquebrantable de su espíritu. Es un verdadero testimonio de que el artista “no tiene límites”.
