Por momentos, Ricardo ‘Ricky’ Santiago habla como quien analiza un tablero completo antes de mover una pieza. En otros, como alguien que nunca aprendió a quedarse callado frente a la injusticia. Ambas facetas conviven en este puertorriqueño criado entre debates familiares, forjado por el choque cultural de la migración y convencido de que el liderazgo no es comodidad, sino responsabilidad.

Hoy, a sus 37 años, Santiago dirige Americana Community Center, una de las organizaciones más importantes de servicio a inmigrantes en Louisville, en un momento particularmente hostil para las comunidades que representa. No llegó allí por azar ni por ambición personal. Llegó, como él mismo dice, “porque alguien tenía que hacerlo”.
“Mares tiesos no hacen buenos navegantes”, repite, casi como mantra. “Es muy fácil mirar un problema y virar la cara”.

Una pregunta incómoda

Ricky nació en Ponce, Puerto Rico, una ciudad marcada por historia, arte y una fuerte conciencia política. La pregunta sobre su identidad —si es puertorriqueño o americano— no le resulta sencilla, ni superficial.

“Por orden ejecutiva soy americano, pero nací en Puerto Rico”, explica. “Los puertorriqueños vivimos esa dualidad: nuestra puertorriqueñidad y casi 200 años de colonia”.

Llegó a Louisville a los 14 años, cuando la situación económica obligó a su familia a emigrar. Su padre encontró empleo en la oficina del Seguro Social, uno de los tantos casos invisibles de puertorriqueños que sostienen estructuras clave del gobierno estadounidense.
“Si algún latino sacó su tarjeta de Seguro Social en Kentucky, probablemente mi papá tuvo algo que ver”, comenta con orgullo.

El traslado no fue sencillo. A pesar de hablar español e inglés, fue colocado en programas de ESL. Hoy entiende la intención; entonces, lo vivió como un choque duro.

“Yo era un niño testarudo, un rebelde con causa”, admite. “Pero ahora lo veo: era para que el impacto no fuera tan fuerte”.

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El origen del debate

La rebeldía de Ricky no nació en la adolescencia. Se gestó en la casa de sus abuelos en Ponce, donde la mesa familiar era un espacio de confrontación de ideas. Allí convivían posturas políticas opuestas sin que eso rompiera los lazos.

“Mi abuelo siempre decía: ‘Si usted está en lo correcto, hasta el fin del mundo’”, recuerda.
Su abuelo paterno, don Rubén, fue militar; su padre, don Santiago, estadista; su tío Francisco, independentista y abogado sindical. En ese ambiente, el debate no solo era inevitable, era fomentado.

“La casa de mis abuelos era un lugar donde se debatía todo”, dice. “Desde niño aprendí a hablar, a escuchar y a defender lo que creía justo”.

A los 10 años, durante una discusión familiar sobre la presencia de la Marina estadounidense en Vieques, Ricky pidió la palabra. Su abuelo, con ironía y orgullo, anunció: “Vamos a ver qué dice el experto”. Esa escena quedó grabada como una de las primeras validaciones de su voz

Ser el único

En la secundaria, ya en Louisville, Ricky encontró otro tipo de debate: el silencioso. Jugó fútbol americano durante cuatro años a nivel varsity, siendo el único latino y el único puertorriqueño del equipo. Allí vivió de frente las tensiones raciales que, años después, reconoce como un reflejo de la sociedad estadounidense.

“El locker room era una radiografía del país: lo bueno, lo malo y lo muy malo”, afirma.
Una escena en particular lo marcó. Durante un entrenamiento, los jugadores se agruparon de forma casi automática: afroamericanos por un lado, blancos por otro. Él quedó solo en el medio.

“No fue a propósito, pero tampoco fue casual”, dice. “Ser welcoming requiere un esfuerzo consciente que muchos jóvenes —y muchos adultos— no saben hacer”.

¿Discriminación? No lo duda. Pero tampoco permitió que eso lo definiera. “Yo iba a obligarlos a que se acordaran de mí”, dice. “Y eso lo hice con esfuerzo, dedicación y jugando bien”.

Un mal estudiante con mente inquieta

Ricky no romantiza su paso por la escuela. Se define, sin rodeos, como un mal estudiante. “Yo era terrible. Hacía lo mínimo para pasar”.

No le gustaba memorizar ni estudiar en silencio. Prefería el intercambio, el análisis, el debate. Recuerda con cariño a su consejera de la escuela, quien le insistía en que estudiara francés; él se resistía, convencido de que el español era suficiente.

“Ella tenía razón y yo no lo entendí en ese momento”, reconoce hoy. “Ser bilingüe es bueno; pero ¡ser trilingüe es mejor!”.

La ironía llegó años después, cuando se unió a un club de francés en la universidad. Su padre, al enterarse, solo pudo decirle: “La verdad es que tú eres único”.

Tras la secundaria en Louisville, Ricky decidió estudiar alguna carrera universitaria, no estab seguro de cuál, pero en Puerto Rico. Viajó a la isla y durante algunos años se graduó en Ciencias Generales. Tardó más de lo previsto. No por incapacidad, sino por dispersión. El muchacho inquieto de la adolescencia seguía vivo en él.

“Me gustaba vacilar, salir, ir a la playa”, admite. “Por eso era mal estudiante”, dice riéndose de las vueltas y paradojas de la vida.

El flechazo que lo cambia todo

En medio de las dudas sobre su futuro, pues Ricky no sabía si volver a Estados Unidos o quedarse en Puerto Rico, conoció a Natalia, cuando ambos formaban parte de círculos universitarios que conectaban estudiantes de distintas instituciones del país. Recién graduado, todavía buscaba su rumbo entre planes profesionales y una vida social intensa.

Desde el inicio, la historia con Natalia no fue lineal ni inmediata. “Ella no quería salir conmigo”, recuerda Ricky entre risas. A pesar de sus intentos, al inicio ella mantuvo la distancia, mientras él le hablaba de proyectos, de futuro y de la inquietud constante que lo empujaba a mirar más allá de la isla.

Natalia no cedía y Ricky no se rendía. Poco a poco la distancia fue perdiendo terreno y comenzaron a salir con más frecuencia. Finalmente, iniciaron una relación que llegó a un punto de decisión cuando Ricky le compartió una oportunidad de trabajo en Kentucky, una posibilidad que implicaba cambio, riesgo y empezar de nuevo.

“Tuve que esperar”, dice, reconociendo que no hubo fórmulas rápidas ni promesas grandilocuentes. Él se mudó primero y, poco después, Natalia aceptó el reto y lo siguió para continuar su formación académica, completando una maestría en Kentucky.

Esa segunda migración, ya no forzada sino elegida, marcó un antes y un después en la vida de Ricky. “Mi regreso a Estados Unidos fue totalmente distinto, mucho más maduro, con un norte más definido”, afirma. Desde entonces, su historia personal y su vocación de servicio comenzaron a caminar juntas.

El liderazgo

Poco después de su regreso a Louisville, Ricky entendió que su fortaleza no estaba en memorizar conceptos, sino en resolver problemas. En organizar, estructurar y mejorar sistemas.

“A mí me gusta arreglar problemas”, dice. “No quiero descubrir el agua tibia; quiero hacer las cosas más eficientes”.

Esa habilidad se consolidó con una Maestría en Liderazgo Organizacional y se puso a prueba en el servicio público de Louisville. Allí trabajó en inclusión digital, instaló más de 26 laboratorios comunitarios de computadoras y ayudó a entrenar a unas 15,000 personas.
“La inclusión digital no es un lujo; es una necesidad básica”, sostiene.

También fue parte de esfuerzos para reclutar maestros puertorriqueños, acelerar procesos de representación latina en el sistema escolar y apoyar a profesionales inmigrantes en la validación de credenciales.

“Lo que naturalmente iba a tardar 10 años, lo empujamos para que pasara más rápido”, explica.

Así, Ricky se abrió espacio en los espacios de decisión de Louisville y logró consolidar una carrera en puestos clave, tanto en el gobierno de la ciudad, en la Oficina de Globalización, como en organizaciones no gubernamentales.

También se ha vinculado al Partido Demócrata. En 2024 fue candidato para la Cámara de Representantes de Kentucky por el distrito 29. Buscaba convertirse en el primer boricua en ocupar una curul en la Legislatura estatal, pero quedó tercero en las primarias y no avanzó a la elección general. Sin embargo, él destaca su compromiso con la sociedad y sus convicciones.

Americana: el reto mayor

Ahora Ricky ha asumido un nuevo reto. Hace algunos años, en los tiempos de la pandemia, había sido entrevistado para dirigir Americana World Community Center, una de las organizaciones más importantes y con más historia en el apoyo a los inmigrantes en Louisville. Tras la evaluación final del directorio, no fue seleccionado.

La vida siguió, hasta que el teléfono sonó de nuevo, en medio de una crisis marcada por los efectos aún persistentes de la pandemia, la recesión económica y las presiones políticas contra los inmigrantes.

“Siempre hay que dejar las puertas abiertas”, reflexiona hoy al recordar aquel primer acercamiento con Americana.

La llamada era para conversar acerca de la organización. Ricky aceptó de buen gusto la convocatoria y comenzó su acercamiento. Luego de varias reuniones, aceptó el cargo de director ejecutivo en octubre de este año, consciente de que no era una posición cómoda.
“Mucha gente le corre al reto”, dice. “Yo no sé hacer eso”.

Su visión es clara: reconstruir programas fundamentales como ESL, GED y destrezas digitales, y cerrar el circuito entre educación y empleo. Todos esos proyectos fueron truncados por la crisis que ha atravesado Americana en estos años.

El motor personal

Fuera del trabajo, Ricky intenta dedicarse al 100% a ser esposo y padre. Es difícil ante la fuerte carga de trabajo que muchas veces tiene que llevar a casa; sin embargo, está consciente de que hay espacios para cada cosa.

Natalia es su gran soporte, aunque ella es su opuesto: más reservada, más estable, menos expuesta. “Ella es mi ancla”, dice.

Pero luego de más de una década de matrimonio llegó el refuerzo de la familia: Leonardo, que ya tiene cinco años.

“Desde que nació, la vida me devolvió la magia”, confiesa y con mucha ilusión dice que quiere que Leonardo “me vea en estos espacios”. Su idea de legado no está ligada a cargos ni títulos.

“El legado de un buen líder es crear otros líderes”, afirma. “Y tengo que empezar con el que está en mi casa”.

Un hombre intenso, sin disculpas

Ricky Santiago, que ha sido elegido entre los personajes destacados del año por Al Día en América, no promete caminos fáciles. No vende optimismo vacío. Habla de esfuerzo, incomodidad y responsabilidad. Sigue siendo, como él mismo se define, un rebelde con causa.

Mientras muchos miran hacia otro lado, él decidió quedarse, hacerse cargo y navegar en aguas tormentosas. No porque ignore los riesgos, sino porque nunca aprendió a huir de ellos.

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